Por Luis Miguel Castilla

Estamos a una semana de Fiestas Patrias y muchos peruanos alistándose para tomarse merecidas vacaciones. Otros con mucha ansiedad esperando el desenlace de una historia política de terror con la crisis sin fin de un gobierno sin brújula que está más preocupado en sobrevivir y evitar quedar sitiado por la justicia.

Y otros que miran con interés la renovación de la mesa directiva del Congreso con la expectativa que de ahí saldrá un nuevo gobernante de transición que ponga fin a esta situación caótica que nos sume en un pesimismo económico generalizado y con un entorno internacional que pronostican una tormenta perfecta: menor crecimiento, altas tasas de interés y caída en el precio del cobre; en otras palabras fin de la bonanza externa.

La relación entre el Congreso y el Gobierno ha cambiado. El primer poder del Estado siempre ha sido populista e impulsivo y el Gobierno ha tenido una tecnocracia capaz de ponerle paños fríos e imprimir cierta racionalidad.

Esto se lograba directamente cuando las opiniones negativas del MEF, SBS, BCR, organismos reguladores eran tomadas en cuenta por las comisiones reguladoras para viabilizar los dictámenes.

También eran seriamente tomados en cuenta para que el Presidente observara autógrafas que venían del Congreso que eran anti técnicas. Esto comenzó a cambiar en el gobierno de Vizcarra y ahora la palabra de la tecnocracia no vale nada. Esta pintada en la pared. Proyectos nefastos con nombre y apellido se aprueban sin si quiera ser observados y el Ejecutivo no dice nada.

El Congreso por su parte ve el ejercicio de su rol como un botín en la mayoría de casos. Francamente la clase política nos sigue hundiendo y la ciudadanía sigue impávida.

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