Por Daniel Alfaro

La irrupción de la Covid-19 obligó a que las escuelas salten hacia una educación a distancia precaria. La iniciativa “Aprendo en Casa” apuró su lanzamiento para mantener el vínculo con los estudiantes, pero con pocas posibilidades de sustituir los aprendizajes generados en la presencialidad. Sin ellos, no es posible construir un futuro con empleos decentes que nos brinden la posibilidad de ser mejores personas, que desarrollen un mejor país. 

La educación básica privada, que representa el 20% de la matrícula nacional, recibió el primer embate de la pandemia cuando en julio de 2020 se anunció que más de 110 mil estudiantes migraron a la escuela pública ya saturada. La educación superior tuvo un revés mayor. Para agosto de 2020, las instituciones privadas anunciaron una caída en la matrícula de 150 mil universitarios y de 65 mil estudiantes técnicos. Este golpe fue mayor para los alumnos que estudian y trabajan y cuya formación requiere talleres o laboratorios.

Esta nueva adversidad llueve sobre mojado. Durante los últimos cinco años, el tránsito de la secundaria a la superior está alrededor de 35%, pero con inequidad dada la concentración de la oferta formativa en Lima y en algunas capitales departamentales, la falta de oportunidades para los más pobres, entre otros factores. Así, 13 millones de peruanas y peruanos no cuentan con estudios superiores, el 83% de ellos es informal.   

Esta inequidad no es exclusiva de la superior, proviene de la educación básica. Si bien la cobertura ha avanzado considerablemente en primaria (97%), inicial (93%) y secundaria (87%), incluso por encima de otros países de la región, las brechas de acceso por ubicación geográfica, nivel socioeconómico, género, lengua materna o discapacidad son grandes. Estas diferencias afectan también la conclusión en edades oportunas y motivan la deserción. 

Otro efecto de la pandemia, aún más complejo, será sobre la calidad de los aprendizajes. Los puntajes del Perú en las pruebas internacionales de PISA han crecido durante los últimos 10 años, pero todavía seguimos en el tercio inferior. Y en el plano nacional, las mediciones identificaron que los logros satisfactorios de secundaria son menores a los de primaria, los cuales a su vez mostraron una tendencia a la baja que se profundizará debido a la pandemia. 

Revertir esta problemática requerirá de mayores recursos y, sobre todo, de labor docente. Aquí es preciso anotar que el presupuesto asignado a educación se duplicó durante los últimos 10 años, lo cual facilitó un incremento del piso salarial mensual de los docentes que pasó de S/1,555 en 2016 a S/2,400 en 2020. Así, la participación de las remuneraciones sobre el presupuesto de educación saltó de 56% en 2016 a 67% en 2020.  

Lo anterior se dio gracias a una carrera pública meritocrática que, a su vez, promovió más concursos de nombramiento y de ascenso por las escalas salariales. Además, se iniciaron las evaluaciones de desempeño para brindar capacitaciones focalizadas. A pesar de ello, estos avances son insuficientes para reconocer la trascendental labor de las maestras y maestros en el futuro del país.    

¿Qué proponemos?

La nueva normalidad exige, entonces, un doble esfuerzo por revertir los efectos negativos de la Covid-19 durante el siguiente lustro: mejorar los accesos y los aprendizajes y, al mismo tiempo, hacerlo con mayor equidad. Para ambos objetivos, se plantean tres estrategias: lograr aprendizajes con equidad, revalorar al docente y modernizar la gestión educativa. 

Mejorar aprendizajes implica, en primer lugar, recuperar el dinamismo del acceso a la educación básica golpeado por la Covid-19, para lo cual se deben adaptar las estrategias de inclusión a las nuevas necesidades y mejorar las capacidades de los docentes, directores y escuelas para la educación a distancia y una adecuada implementación del currículo. 

Al respecto, una recomendación importante será enfocarse en las competencias estratégicas del Siglo XXI. Junto con la lectura y matemáticas, se deben priorizar también las ciencias, la ciudadanía, vida saludable, entre otras. Debemos romper con la idea tradicional de la evaluación anual bajo el yugo de la repitencia para asegurar aprendizajes efectivos en el tiempo necesario. Igual de urgente será contener el impacto emocional que dejará la Covid-19.    

Los mejores aprendizajes y la empleabilidad van de la mano. De ahí que alcanzar el 40% de logro satisfactorio en las competencias estratégicas al 2026 configure una meta ambiciosa que debemos priorizar como país. Además, cumplir esta meta ayudará a superar el 40% de egresados de secundaria que transita hacia la superior. Para disminuir su inequidad, se deben ampliar las becas y créditos educativos para estudiantes con talento, pero bajos ingresos.       

En este contexto, se debe seguir fortaleciendo la calidad de las universidades y, en especial, de los institutos y centros de educación técnico-productivos (Cetpro). Estos últimos tienen la bondad de formar competencias específicas en menos tiempo para una mayor inserción laboral. Lo más urgente será optimizar su oferta formativa para crear redes de excelencia entre los institutos y Cetpro que los ayude a conectar con la demanda laboral.   

La segunda estrategia, revalorar al docente, debe comenzar por la educación superior pedagógica dado la mayor rapidez del intercambio generacional. El cuerpo docente tiene 45 años en promedio y se jubila a los 65. Así, durante este lustro, se deberá optimizar y licenciar a todas sus escuelas superiores, con programas de estudios y docentes alineados a las nuevas necesidades curriculares. 

Por último, la modernización de la gestión educativa requiere reducir la atomización de los servicios para integrarlos en centros educativos con mayor capacidad de gestión y autonomía. Aquí dos temas merecerán especial cuidado: el cierre de brechas de infraestructura priorizando la conexión con servicios públicos y la atención al riesgo de colapso, y la transformación digital para asegurar servicios a distancia más eficientes y transparentes. Las alianzas público-privadas deberán ser potenciadas porque esta tarea es de todos. 

El liderazgo del próximo gobierno deberá contar con el respaldo y la confianza de toda la comunidad. Las decisiones que tomarán serán duras, pero necesarias. El interés superior de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes debe prevalecer. Debemos asegurarles más y mejores oportunidades para que sean mejores que nosotros.