Esta semana se cumplen 6 meses de la gestión del presidente Castillo y no ha logrado generar la confianza que se requiere para que los agentes económicos inviertan o para que un gran segmento de potenciales contribuyentes se vea animado de cumplir sus responsabilidades tributarias (al preferir la informalidad). Es muy poco lo que se ha logrado hasta el momento y las autoridades parecieran vivir en un mundo paralelo de progreso económico. Esta desconfianza se ha agudizado por los errores del propio presidente y porque distintas entidades del Poder Ejecutivo no han cumplido su rol a cabalidad.

El presidente es débil y vacila en tomar decisiones, carece de liderazgo, persiste en precarizar al Estado con nombramientos inadecuados y promueve contrarreformas con miras a favorecer intereses particulares. El Ministerio de Economía y Finanzas inicialmente tranquilizó a los mercados con posturas sensatas pero con el tiempo ha debilitado la institucionalidad fiscal del país, ha avalado decisiones que carecen de sustento técnico y ha claudicado en uno de sus roles principales que es de contener con argumentos técnicos sólidos los embates del populismo congresal (y de los que provienen del mismo Ejecutivo). Cuando se cuantifica el costo de la desconfianza lo más fácil es medir la fuga de capitales por temor a un mayor riesgo regulatorio o confiscatorio (más de 15.000 millones) pero también hay otros costos y contingencias que se van acumulando.

El riesgo de una reducción adicional de la calificación crediticia encarecería el costo del financiamiento para el Gobierno y el sector privado. Esto aumentaría las partidas presupuestarias para el servicio de la deuda y desplazaría recursos de otras prioridades. La adopción de políticas proteccionistas generaría el riesgo de represalias de los socios comerciales y pondría en jaque a otros sectores. Y como estos hay muchos otros ejemplos de oportunidades que se estarían perdiendo por continuar manteniendo al país a la deriva sin un norte claro y adoptando malas políticas públicas. La desconfianza mina el desarrollo, precariza a la administración pública y degrada las expectativas futuras. El presidente no parece entender esto y nos condena a borrar todo lo avanzado.

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