Por Luis Miguel Castilla

Vamos de mal en peor. El Gobierno tuvo la suerte de contar con precios elevados de los metales que le dio holgados recursos presupuestales para adoptar obras públicas; dinamizar la economía y cerrar las brechas de servicios que reclama la población. En lugar de aprovechar esta coyuntura, se ha dedicado a ahuyentar la inversión con un pésimo manejo de la conflictividad social, con una paralización de importantes minas, retrocediendo en los índices de competitividad minera y anunciando nuevas amenazas expropiatorias de la actividad privada.

Esta retórica radicalizada ignora que el mundo se está complicando aceleradamente, no solo por un repunte inflacionario que no veíamos hace casi 30 años sino por una economía internacional que se desacelera y una previsión de inestabilidad financiera a la vista.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) acaba de delinear un conjunto de riesgos al alza que descarrilaría la recuperación post COVID-19 incluido un escenario de convulsión social por una crisis alimentaria que ya está golpeando a muchos países, incluido el nuestro. Increíblemente las autoridades del Ejecutivo y el Parlamento no solo no entienden la gravedad de esta situación sino que están empecinados en poner más obstáculos a la conducción económica del país en el peor de los momentos.

Las medidas antiinflacionarias dictadas hasta el momento no están funcionando y, peor aún, el Gobierno se ha empecinado en informalizar mas a la economía con regulaciones laborales retrógradas y una retórica persecutoria contra la gran empresa, echándole la culpa de todos los males del Perú.

El Congreso no se queda atrás. No solo fracasa en ejercer un control político efectivo del Ejecutivo, sino que está en un festín populista aprobando forados al presupuesto público (obligando pagos irracionales a los fonavistas) y desangrando el ahorro privado con próximas habilitaciones para retirar los fondos del sistema privado de pensiones.

Por si fuera poco, nuevamente se toma la bandera de la Asamblea Constituyente para azuzar más a la población con promesas vacías de contenido y pulverizando la estabilidad que urge para la inversión privada y generación de empleo. La falsa sensación de progreso de hoy dará pie lamentablemente a un inexorable retroceso donde los más pobres serán los más afectados.

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