Por Luis Miguel Castilla

La vacancia de Dina Boluarte vuelve a colocar al Perú en el escenario que parece haberse vuelto costumbre: presidentes que no terminan su mandato, un Congreso desgastado y una ciudadanía cansada de un sistema que no logra ofrecer estabilidad. Sin embargo, lo verdaderamente sorprendente es que, en medio de este desorden, la economía peruana ha mostrado una resiliencia que desconcierta a propios y extraños.

El sorprendente desacople entre política y economía

A diferencia de otros países de la región, donde las crisis políticas suelen tener impactos económicos adversos inmediatos, el Perú ha logrado mantener cierta estabilidad macroeconómica. El “desacople” entre la política y la economía se explica por fundamentos sólidos: un Banco Central autónomo, reservas internacionales robustas, deuda pública baja y, sobre todo, el motor minero que depende más de los precios globales que de la inestabilidad política crónica. Es decir, mientras la política se tambalea, la economía ha seguido en pie gracias a su blindaje institucional y a factores externos como la demanda externa y los elevadísimos precios de los metales que exportamos.

Los límites de una resiliencia que no es infinita

No obstante, esta resiliencia tiene límites. La incertidumbre no desaparece en tanto la precariedad institucional continúa. Cada destitución presidencial debilita la confianza de inversionistas y ciudadanos. Y aunque el colchón macroeconómico ha evitado un descalabro inmediato, el costo se refleja en proyectos postergados y en un Estado incapaz de sostener políticas públicas de largo plazo.

Elecciones y la oportunidad de romper el ciclo

El futuro, entonces, no depende únicamente de factores externos. Dependerá también del ciclo electoral que comienza. El país se encamina hacia nuevas elecciones generales, y en ellas se juega la posibilidad de romper —o de repetir— el círculo vicioso de presidentes fugaces y congresos deslegitimados. La economía puede resistir un tiempo más a la política, pero no indefinidamente.

Un corto plazo estable, pero con riesgos latentes

En el corto plazo, la actual crisis política tendrá un impacto económico acotado. La dependencia de factores externos funciona como un amortiguador frente a la incertidumbre política local. La aceptación o rechazo del gabinete que el presidente Jeri proponga será la primera prueba que nos espera, así como la consiguiente reacción de la calle ante las decisiones que adopten tanto el Congreso como el Ejecutivo en la recta final de su mandato. Tener metas bien definidas, como una lucha más efectiva contra la inseguridad y asegurar la realización de comicios limpios y transparentes, son un primer buen paso. Sin embargo, una realidad inobjetable es que la inestabilidad política es nociva para sostener un mayor crecimiento económico y salir de la trampa en la que nos encontramos desde hace casi una década.

Conoce más en su entrevista publicada en El Comercio: