Por Nicolás Besich
En el Perú persiste la peligrosa idea de que la política y la economía van por caminos separados, cuando en realidad la inestabilidad institucional afecta directamente el bienestar de las personas. Aunque el país vive los mejores términos de intercambio en 75 años —con precios récord de exportación, como el oro que supera los 4 000 dólares la onza—, los beneficios se concentran en la minería no formal, fuera del control del Estado y sin retorno fiscal. En los años 50, con un contexto similar, el Perú crecía cerca de 9% e impulsaba grandes obras públicas; hoy apenas alcanza 3% y la pobreza sigue aumentando, con casi tres millones de nuevos pobres desde 2019. La inestabilidad también golpea la seguridad: Arequipa registró la mayor tasa de victimización en una década y el Ministerio del Interior ha tenido 15 titulares en solo tres años. Así, la crisis política se traduce en menor inversión, bajo crecimiento y más inseguridad. Ignorar este vínculo tiene un costo que el país ya está pagando.
Lee aquí su columna publicada en Diario El Pueblo (Arequipa):
